Comentarios de texto

En esta sección se irán incluyendo los distintos modelos de comentarios de texto, entre los que estarán los textos que trabajemos en clase. La versión completa del texto de puede consultarse en este enlace.

Texto principal

«Verdaderamente, si es así, la cuestión que has propuesto está resuelta. Ya que si el hombre es un bien, y si no le es posible actuar rectamente sin que él lo quiera, ha debido tener, para actuar rectamente, libre albedrío. En efecto, respecto a que también peque por esa voluntad, no hay que creer que Dios se la haya dado para eso. Un motivo suficiente para que le haya sido dada dicha voluntad es que, sin ella, el hombre no podría actuar rectamente; y se comprende, por lo demás, que le haya sido dada para eso, por esta consideración: que Dios le castiga cuando la utiliza inadecuadamente para pecar; lo que sería injusto si la voluntad libre le hubiera sido dada no sólo para vivir rectamente, sino también para pecar. ¿Qué justicia habría, en efecto, en castigarle por haber aplicado la voluntad a un fin para el que ésta le hubiera sido dada? Así pues, cuando Dios castiga al pecador ¿no te parece que le dirija estas palabras: por qué no has aplicado tu libre voluntad al fin para el que te la he concedido, es decir, para actuar rectamente? Además, la justicia se nos presenta como un bien, en el castigo de los pecados y en la glorificación de los actos honestos; pero ¿sería así si el hombre no tuviera el libre arbitrio de su voluntad? Ya que lo que no se hubiera hecho voluntariamente no sería ni pecado, ni buena acción; y así, si el hombre no tuviera una voluntad libre, tanto el castigo como el premio serían injustos. Ahora bien, ha tenido que haber justicia, tanto en el castigo como en el premio, pues es uno de los bienes que vienen de Dios. Así pues, Dios ha debido dar al hombre una voluntad libre.»

[ 1 ] Razón y fe

Ag. — Te acuerdas perfectamente del principio indiscutible que habíamos establecido al comienzo mismo de la discusión anterior y que no negaremos ahora: si creer y comprender no fueran dos cosas diferentes, y si no debiéramos creer primero las sublimes y divinas verdades que debemos comprender, en vano hubiera dicho el profeta: «Si antes no creéis, no comprenderéis» [Nisi credideritis, non inteiligetis]. Nuestro Señor mismo, tanto en sus palabras como por sus actos, exhortó a creer a quienes llamó a la salvación. Pero a continuación, cuando hablaba del don mismo que daría a los creyentes, no dijo: la vida eterna consiste en creer en mí, sino: «En esto consiste la vida eterna: en conocer al único y verdadero Dios y al que envió a vosotros, Jesús Cristo». Y dice además a los que ya creían: «Buscad y encontraréis». Ya que no se puede decir que se ha encontrado lo que se cree, sin conocerlo aún; y nadie alcanza la aptitud de conocer a Dios si antes no ha creído lo que después debe conocer. Por ello, obedeciendo los preceptos del Señor, persistamos en la investigación. Si, en efecto, buscamos por invitación suya, Él mismo nos mostrará también las cosas que encontremos, en la medida en que pueden ser encontradas en esta vida por hombres como nosotros. Y, verdaderamente, como hemos de creer, a los mejores les es dado, en esta vida, ver esas cosas y alcanzarlas con una evidencia más perfecta y, ciertamente, después de esta vida, a todos aquellos que son buenos y piadosos. Esperemos que así ocurra con nosotros y, despreciando las cosas terrestres y humanas, deseemos y amemos con todas nuestras fuerzas las cosas divinas.

«Agustín.— si el creer no fuese cosa distinta del entender, y no hubiéramos de creer antes las grandes y divinas verdades que deseamos entender, sin razón habría dicho el profeta: «Si no creyereis, no entenderéis»: Mas después, al hablar del don que había de dar a los creyentes, no dijo: Esta es la vida eterna, que crean en mí; sino que dijo: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, sólo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste. Después, a los que ya creían, les dice: «Buscad y hallaréis»; porque no se puede decir que se ha hallado lo que se cree sin entenderlo, y nadie se capacita para hallar a Dios si antes no creyere lo que ha de conocer después.» [Del libre albedrío]

Comentario

En este texto, San Agustín explica su famosa postura en torno al problema de las relaciones entre fe y razón. Esa postura se resume en el lema “cree para entender, entiende para creer”, cuya primera parte coincide con lo que nos muestra el texto (si no se cree no se entenderá). Pero no es suficiente la fe, también es necesario conocer la verdad racionalmente. Fe y razón no pueden contraponerse, sino que han de enriquecerse mutuamente. Podemos tomar como punto de partida la fe, pero luego hay que procurar entender con la razón aquello que se cree. La fe no se cierra sobre sí misma, sino que busca la inteligencia con la que va a reforzar sus posiciones.

[2] Sobre el problema del mal

«Lo que me pides me resulta evidente, precisamente porque es cierto que es Dios quien castiga los pecados. Pues, toda justicia viene de Él. En efecto, si es propio de la bondad hacer bien a los extraños, no lo es de la justicia castigar a los extraños. Es evidente, pues, que nosotros le pertenecemos, ya que no sólo es soberanamente bueno con nosotros por el bien que nos hace, sino también soberanamente justo por sus castigos. Además, he establecido antes, y tú estabas de acuerdo en ello, que todo bien viene de Dios. De donde también es fácil comprender que el hombre viene de Dios; pues el hombre mismo, en tanto que es hombre, es un bien, puesto que puede vivir rectamente cuando así lo quiere.»

[3] Sobre el problema del mal

«De acuerdo. Te concedo que la haya dado Dios. Pero, dime, ¿no te parece que habiendo sido dada para hacer el bien no hubiera debido poder inclinarse hacia el pecado? Hubiera debido ser como la justicia, que le fue dada al hombre para vivir bien: ¿le es posible a alguien servirse de su justicia para vivir mal? Del mismo modo, si la voluntad le hubiera sido dada al hombre para obrar bien, nadie podría pecar por la voluntad.»

[4] Sobre el problema del mal

«¿[D]ebemos decir que Dios no hubiera debido darnos una cosa que confesamos haber recibido de Él? Si no es seguro que Él nos la haya dado, tenemos razón al preguntar si nos ha sido bien dada; cuando hayamos encontrado que nos ha sido bien dada encontraremos, por ello, que nos ha sido dada por Él, por quien le han sido dados todos los bienes a los hombres. Por el contrario, si encontramos que no ha sido bien dada comprenderemos que no es Él quien nos la ha dado, pues sería ilícito acusarlo de eso. Por otra parte, si es cierto que Él nos la dado nos veremos obligados a confesar, sea cual sea el modo en que la hayamos recibido, que Él no estaba obligado ni a no dárnosla, ni a dárnosla distinta a como la tenemos. Pues nos la ha dado aquél cuyos actos no pueden ser razonablemente censurados.»

[5] Sobre la libertad

«Así, pues, cuando Dios castiga al pecador, ¿qué te parece que le dice, sino estas palabras: te castigo porque no has usado de tu libre voluntad para aquello para lo cual te la di, esto es, para obrar según razón? Por otra parte, si el hombre careciese del libre albedrío de la voluntad, ¿cómo podría darse aquel bien que sublima a la misma justicia, y que consiste en condenar los pecados y en premiar las buenas acciones? Porque no sería ni pecado ni obra buena lo que se hiciera sin voluntad libre. Y, por lo mismo, si el hombre no estuviera dotado de voluntad libre, sería injusto el castigo e injusto sería también el premio. Mas por necesidad ha debido haber justicia, así en castigar como en premiar, porque éste es uno de los bienes que proceden de Dios. Necesariamente debió, pues, dotar Dios al hombre de libre albedrío» [Del libre albedrío, II.]

Claves para el comentario

En el texto, San Agustín reflexiona sobre la voluntad libre, concluyendo que es lo que da sentido al orden moral: Dios hizo al hombre libre para que fuese responsable y merecedor de recompensa o castigo por unos actos que solo tienen pleno sentido si surgen de la decisión libre por parte del sujeto que actúa. El libre albedrío es, por tanto, un bien que permite al hombre, hacerse digno a los ojos de Dios si elige obrar racionalmente (alzándose así a, la verdadera libertad, que disfruta sólo cuando elige el bien) y réprobo si actúa de forma indigna, es decir, irracional. Estas reflexiones de Agustín se insertan claramente dentro de la problemática del mal. Siendo Dios omnipotente y bueno no es posible concebir que pueda permitir el pecado a no ser que con ello se consiga una perfección mayor. Esta perfección será la justicia, que es la que se deriva de premiar la virtud o castigar el pecado.

[6] El ser humano

Evodio: —Concedo que Dios ha dado al hombre la libertad. Pero dime: ¿no te parece que, habiéndonos sido dada para poder obrar bien, no debería [el ser humano] tener la posibilidad de pecar? Así sucede con la justicia, que le ha sido dada al hombre para obrar el bien, ¿acaso puede alguien vivir mal en virtud de la misma justicia? Pues igualmente, nadie podría servirse de la voluntad para pecar si ésta le hubiera sido dada para obrar bien.
Agustín: —El Señor me concederá, como lo espero, poderte contestar, o mejor dicho, que tú mismo te contestes, iluminado interiormente por aquella verdad que es la maestra soberana y universal de todos. Pero quiero que me digas brevemente si, teniendo como tienes por bien conocido y cierto lo que antes te pregunté, o sea, que Dios nos ha dado la libertad, procede decir ahora que no ha debido darnos Dios lo que confesamos que nos ha dado. [Del libre albedrío]

[7] Sobre el libre albedrío

«Evodio.— Explícame ya, si es posible, por qué ha dado Dios al hombre el libre albedrío de la voluntad, puesto que de no habérselo dado, ciertamente no hubiera podido pecar. Agustín.— ¿Tienes ya por cierto y averiguado que Dios ha dado al hombre una cosa que, según tú, no debía haberle dado? Ev.—Por lo que me parece haber entendido en el libro anterior, es evidente que gozamos del libre albedrío de la voluntad y que, además, él es el único origen de nuestros pecados. Ag.—También yo recuerdo que llegamos a esta conclusión sin género de duda. Pero ahora te he preguntado si sabes que Dios nos ha dado el libre albedrío de que gozamos, y del que es evidente que trae su origen el pecado. Ev.—Pienso que nadie sino Él, porque de Él procedemos, y ya sea que pequemos, ya sea que obremos bien, de Él merecemos el castigo y el premio. Ag.—También deseo saber si comprendes bien esto último, o es que lo crees de buen grado, fundado en el argumento de autoridad, aunque de hecho no lo entiendas. Ev.—Acerca de esto último confieso que primeramente di crédito a la autoridad. Pero ¿puede haber cosa más verdadera que el que todo bien procede de Dios, y que todo cuanto es justo es bueno, y que tan justo es castigar a los pecadores como premiar a los que obran rectamente?»

[9] Razón y fe

«Agustín.— Pues, si respecto de la existencia de Dios juzgas prueba suficiente el que nos ha parecido que debemos creer a varones de tanta autoridad, sin que se nos pueda acusar de temerarios, ¿por qué, dime, respecto de estas cosas que hemos determinado investigar como si fueran inciertas y absolutamente desconocidas, no piensas lo mismo, o sea, que, fundados en la autoridad de tan grandes varones, debamos creerlas tan firmemente que no debamos gastar más tiempo en su investigación?
Evodio.— Es que nosotros deseamos saber y entender lo que creemos.
[Del libre albedrío]

Claves para el comentario

En este texto, Agustín de Hipona reflexiona sobre el problema de las relaciones entre la razón y la fe, entre el entender y el creer.

Los problemas que plantea Agustín de Hipona en Del libre albedrio son el del sentido de la libertad y el de la existencia del mal. El punto de vista desde el que se abordan es el de su compati­bilidad con la existencia de un Dios que ha creado el mundo, incluido el hombre, y que se supone infinitamente bueno. Frente a este Dios, que el hombre pueda elegir el mal (y que el mal simplemente exista) plantea posibles contradicciones que el autor quiere resolver.

Sin embargo, el tema de este texto es el de la relación entre razón y fe. Si creer y entender fueran lo mismo y si no hubiera que creer antes lo que queremos en­tender, entonces no tendría sentido lo que decía el profeta de ‘si no creéis, no entende­réis’. El propio Jesús parece a veces invitarnos a lo mismo. Sin embargo, también decía que no era cuestión sólo de creer, sino también de conocer.

En primer lugar se realiza una afirmación: debemos investigar acerca de cuestiones como el problema de la libertad entregada por Dios a los hombres. En segundo lugar se dan razones que justifican esa afirmación: no basta con seguir argumentos de autoridad porque el creer y el entender se suponen mutuamente: nadie halla a Dios sin entender lo que cree y sin creer en lo que ha de conocer.

Debemos creer que Dios existe y otras cuestiones relacionadas con ésta por argumentos de autoridad (“El mismo señor exhortó también a creer primeramente”), siguiendo la palabra de autores prestigiosos que han tratado esas cuestiones.

Pero también debemos investigar esas cuestiones para entenderlas, además de creer firmemente en ellas (“Es que nosotros deseamos saber y entender lo que creemos”).

Creer y entender se suponen mutuamente (“no se puede decir que se ha hallado lo que se cree sin entenderlo, y nadie se capacita para hallar a Dios si antes no creyere lo que ha de conocer después”).

Los problemas que plantea San Agustín en Del libre albedrio son el del sentido de la libertad y el de la existencia del mal. El punto de vista desde el que se abordan es el de su compati­bilidad con la existencia de un Dios que ha creado toda la realidad, incluido el hombre, y que es infinitamente bueno. Frente a este Dios, que el hombre pueda elegir el mal y que éste exista plantea posibles contradicciones que el autor quiere resolver. Un tema que encontramos en este texto, es el de la relación entre razón y fe.

Si creer y entender fueran lo mismo y si no hubiera que creer antes lo que queremos en­tender, entonces no tendría sentido lo que decía el profeta de si no creyereis, no entende­réis. El mismo Jesucristo parece que invitaba a lo mismo. Sin embargo, también decía que no era cuestión sólo de creer, sino también de conocer.

Debemos creer que Dios existe y otras cuestiones relacionadas con ésta por argumentos de autoridad (“El mismo señor exhortó también a creer primeramente”), siguiendo la palabra de autores prestigiosos que han tratado esas cuestiones. Pero también debemos investigar esas cuestiones para entenderlas, además de creer firmemente en ellas (“Es que nosotros deseamos saber y entender lo que creemos”). Creer y entender se suponen mutuamente (“no se puede decir que se ha hallado lo que se cree sin entenderlo, y nadie se capacita para hallar a Dios si antes no creyere lo que ha de conocer después”).

En primer lugar se realiza una afirmación: debemos investigar acerca de cuestiones como el problema de la libertad entregada por Dios a los hombres. En segundo lugar se dan razones que justifican esa afirmación: no basta con seguir argumentos de autoridad porque el creer y el entender se suponen mutuamente: nadie halla a Dios sin entender lo que cree y sin creer en lo que ha de conocer.